A pesar del desconocimiento que tenemos de él, el trabajo de las lavanderas fue fundamental en las economías pobres urbanas y rurales, sobre todo a partir del siglo XVIII, cuando una demanda creciente de este servicio trajo consigo la especialización de las mujeres de los pueblos cercanos a las ciudades hasta su desaparición en la segunda mitad del siglo XX. A pesar de lo poco que sabemos al respecto, estos espacios de trabajo de las mujeres eran espacios de libertad, sobre todo porque allí no había hombres. Ellas cantaban, se divertían, contaban cuentos, hacían una especie de terapia colectiva… Era un trabajo muy duro, estaban durante horas expuestas a la humedad y al frío, tenían que lavar metidas en el río, de rodillas… Era, además, un trabajo muy mal pagado. El proceso de lavado era largo y laborioso, ellas fabricaban su propio jabón a partir del aceite y la grasa sobrantes de la cocina. Para el clareado utilizaban la ceniza que ayudaba a blanquear la ropa, en lo que se conocía como “hacer la colada”. Todo un proceso de reciclado y de recuperación de materiales que conectaba la zona urbana con la zona rural.
Humildes, sencillos, sin ostentaciones, los lavaderos más grandes o más pequeños, mantienen una misma tipología.
Se alimentan del agua procedente de una fuente o una acequia y su planta era rectangular. Se construyeron con piedra y cemento y se alzaban sobre un basamento que permitía nivelar la pendiente del terreno.
La cubierta, en general era de dos aguas, aunque en los de mayor tamaño era de cuatro aguas y los más reducidos estaban apoyados sobre otro edificio, en pendiente. Se realizaba con una sencilla armadura de madera y cañas que soportaba la típica teja de origen árabe. Las pilas del interior se tallaban en granito. Generalmente había dos estanques, uno para el enjabonado y otro para el aclarado. En los más antiguos, como en el río, las mujeres trabajaban arrodilladas, en los posteriores construyeron bancadas para poder lavar de pie.
Con el propósito de conseguir unos ingresos propios, aunque precarios, muchas mujeres se ofrecían a familias acomodadas para, a la par, lavar las ropas de estas.
Sabañones producidos por los cambios de temperatura del agua, irritaciones cutáneas por la manipulación de productos tóxicos, fuertes gripes, reumas, pulmonías, bronquitis y neumonías por ir mojadas la mayor parte del tiempo, dolores de cuello y espalda así como lesiones en las articulaciones por la postura encorvada que tenían durante todo el día, eran algunas de las consecuencias que sufrían las mujeres lavanderas. Salpicando nuestra geografía aún quedan algunos dejados caer u otros rehabilitados. Debemos tener presente que por humildes que sean los lavaderos son una de la expresiones de arquitectura con perspectiva feminista mas importantes que hemos conocido. Universos propios, espacios heredados de madres a hijas dónde las mujeres en sororidad, trabajaban, se reunían, cantaban y se ponían al día de sucesos en total libertad.
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