En verano el cielo se renueva. Sólo veremos constelaciones cercanas a la estrella polar, a las que se denomina circumpolares. Lo demás del firmamento cambia. Por encima de nuestras cabezas, son tres las estrellas que forman el Triángulo del verano (Deneb, Vega y Altair), la llamada constelación del Cisne, en plena vía láctea, hacia el sur veremos como una gran Tetera (constelación de Sagitario), y a su derecha divisamos el grandioso Escorpión, brillante y desafiante, donde destaca la estrella roja Antares (800 veces mas grande que el sol) .
Con solo coger nuestros prismáticos, darnos un paseo por el firmamento y deleitarnos con algunas de sus maravillas en el profundo espacio. Divinidades tales como el doble cúmulo de Perseo, o el cúmulo de Hércules. Con prismáticos también podremos observar los colores de las estrellas, las misteriosas lunas de Júpiter, los dantescos cráteres de la Luna o las nebulosas de Orión (esta última también llamada la catedral del cielo, visible avanzado el otoño y durante el invierno). Y también como no, la séptima estrella de las Pléyades (constelación visible en otoño e invierno).
Por aquí el cielo es espectacular. Hay tantísimas estrellas, que inclusive, las noches de luna nueva o sin luna, se podrá caminar guiados por su luz. Los miradores y los roquedos son zonas excepcionales para montar un telescopio, pero también las zonas del fondo del Valle por su oscuridad y hundimiento. Veremos estrellas de todos los tamaños y colores.
Apuntando nuestro telescopio a las Pléyades, no hay siete estrellas, sino cientos de ellas, todas coloreadas del gaseoso azulado que las rodea. Al dirigirnos a la nebulosa de Orión, vemos soberbiamente identificadas, las diminutas estrellas que se están formando sobre esa gran incubadora inter estelar.
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