Antes de la invención de los frigoríficos, la única forma de obtener hielo era extraerlo de las cumbres montañosas. Desde principios del siglo XVII hasta finales del siglo XIX se estableció un fluido comercio de esta mercancía, que era transportada por los arrieros desde las estribaciones de la Sierra de Guadarrama hasta la capital.
Aunque la actividad de los neveros artificiales es conocida desde la Antigua Roma, está práctica comenzó a tener una gran importancia a principios del siglo XVII, como mencionamos anteriormente, en nuestra capital. Habitualmente el proceso de elaboración del hielo o nieve prensada para Madrid comenzaba en en los ventisqueros de la Sierra de Guadarrama, Navacerrada, el Real de Manzanares o El Escorial. Allí, los trabajadores llamados «boleros» trasladaban la nieve en capazos o rodando en forma de grandes bolas hasta los pozos cercanos de la sierra.
En el oficio de nevero los arrieros eran los que se dedicaban a trajinar con la nieve, lo hacían de forma temporal desde abril o mayo hasta el verano, puesto que en siglos anteriores la nieve se acumulaba en los ventisqueros de la sierra hasta bien entrado agosto. Era un oficio muy duro pues subían a la sierra de noche y, tras cargar, debían bajar el enorme peso que acarreaban las recuas por sinuosos caminos, con la única compañía de las alimañas y el propio miedo.
En los ventisqueros se guardaba y apelmazaba parte de la nieve en pozos en forma de hielo, y el resto se llevaba en carros hasta Madrid. Una vez preparada la carga se cubría con pieles y se tensaban las cuerdas, asegurándola así bien para el largo viaje, puesto que una tercera parte solía perderse en el trayecto.
Generalmente los pozos tenían la misma forma y diseño y se trabajaban siempre de igual manera. Los pozos estaban excavados en el terreno y solían tener una planta circular revestido en su interior con mampostería, alcanzando de media unos 5 metros de profundidad. Algunos tenía un fondo impermeable y otros presentaban un desagüe que expulsaba el agua derretida. Por lo general eran rematados por una cúpula también de mampostería con dos puertas enfrentadas para la carga y descarga.
Hoy en día quedan pocas huellas de este antiguo y revolucionario oficio, uno de ellos es el Real Pozo de Nieve de Felipe II, en la Sierra de Guadarrama. Un oficio tan importante como duro, en el que estas personas invertían un enorme esfuerzo para abastecer de este elemento esencial para la conservación de alimentos, medicinas y que ayudaba a sobrellevar los calurosos veranos en Madrid.
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